lunes, 29 de abril de 2013

De la pena de muerte

La idea de la pena de muerte, que sale a relucir cada vez que en el mundo se produce un atentado o se detiene a un asesino en serie, es bastante compleja de tratar debido a los diferentes aspectos morales y emocionales que en ella intervienen.

Sin embargo, vista de manera objetiva, esto es sin tener en cuenta los posibles sentimientos de repulsa y venganza que nos puede provocar el asesinato de una o varias personas, hay pocas razones para apoyar su aplicación.


En primer lugar nos encontramos con una paradoja: atendiendo al Pacto Social, si el hombre cede parte de su libertad para garantizar su vida, entre las concesiones realizadas no se encuentra la capacidad para decidir sobre si esa misma persona debe vivir o morir, pues entonces el pacto no tendría sentido.

Bien es cierto que esa persona tampoco tiene derecho a decidir la muerte de otra persona, pero que una persona cometa un crimen, no legitima a otra (aunque esta sea la sociedad en su conjunto) a actuar de la misma manera.

A ello hay que añadir que ya desde el siglo XVIII, numerosos autores han visto en la atrocidad de la pena de muerte, un motivo más para cometer crímenes que para evitarlos. Citando a Beccaria en su obra "De los Delitos y las Penas":
No es la crueldad de las penas uno de los más grandes frenos de los delitos, sino la infalibilidad de ellas.[...] La misma atrocidad de la pena hace que se ponga tanto más esfuerzo en eludirla y evitarla, cuanto es mayor el mal contra quien se combate: hace que se cometan muchos delitos, para huir la pena de uno solo. Los países y tiempos de más atroces castigos fueron siempre los de más sanguinarias e inhumanas acciones; porque el mismo espíritu de ferocidad que guiaba la mano del legislador regia la del parricida y del matador.
Asimismo, pueden ser varias las razones por las que una persona se puede ver motivada a cometer un crimen como puede ser el asesinato o la violación por múltiples causas (sentimientos, enfermedad, ideología...), pero la sociedad en su conjunto es un ente carente de emociones. Por ello, la posibilidad de que el Estado tenga en su poder la capacidad para matar de manera arbitraria, es decir, sin ninguna motivación, convertiría la pena de muerte en una condena de venganza, y no de justicia.

Por eso mismo, es importante no confundir la justicia con la venganza. En la mayoría de los sistemas penales occidentales, el objetivo de un castigo se ha ido alejando con el tiempo del concepto punitivo para acercarse cada vez más a un fin reinsertativo basado en la creencia de que el ser humano es capaz de cambiar y corregir sus comportamientos, una idea que puede sonar más a ilusión que a realidad pero que es una de las bases del espíritu social actual.

Asumir que el ser humano es reincidente por naturaleza nos obligaría a terminar no sólo con la libertad física del criminal, sino a acabar con su libre albedrío al más puro estilo de "La Naranja Mecánica", película en la que el protagonista, Álex, es sometido a un tratamiento que le obliga a mantenerse alejado de las actitudes violentas si no quiere sentir un gran dolor físico. Esta actuación por parte del Estado es criticado por el cura de la prisión, que cree que negar la posibilidad de elegir entre el bien y el mal a una persona, va contra los derechos de libertad básicos del ser humano.

Del mismo modo, la pena de muerte, y en cierta medida la cadena perpetua, negarían este principio y eliminarían la posibilidad del preso de enmendar su postura y tener una segunda oportunidad, lo que, aunque pudiera no encajar con la manera en que la sociedad es, si nos da pistas para saber qué sociedad debemos de ser.


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