jueves, 30 de mayo de 2013

Más que un remiendo, España necesita un vestido nuevo

La comparecencia de la Vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría, ante el Congreso de los Diputados, con razón de la nueva Ley de Transparencia, me ha hecho plantearme varias cosas.

La nueva Ley establece la creación de un Consejo Independiente encargado de controlar las finanzas tanto de las instituciones públicas como de aquellas privadas con un porcentaje relevante de financión estatal. Este control, que afectará a elementos como la Monarquía o el Banco de España, marcará, según Sáenz de Santamaría, "un nuevo paradigma institucional que propicie la responsabilidad, la flexibilidad, la eficacia y la transparencia".

Sin embargo, estas palabras, tan bonitas en la teoría, fluyen por el ambiente en un aire claroscuro, pues como ocurre con todos los organismos de control, los miembros que lo formarán serán elegidos por aquellos a quienes se debe controlar, lo que nos lleva a pensar en que este nuevo Consejo sufrirá una politización en consonancia con la que afecta al actual Tribunal Constitucional, o terminará convirtiéndose en otro elemento inútil como es el Tribunal de Cuentas, una institución que no ha realizado, ni de lejos, el objetivo que le marca la Constitución.



Los problemas de España no son, aunque a día de hoy nos lo parezcan, la corrupción o la Crisis Económica (sí, con mayúsculas), sino la existencia de un mecanismo estatal incapaz de dar salida a los problemas que día a día se nos van planteando, y que aún a pesar de los claros síntomas de su obsolescencia, nos empeñamos en mantener en funcionamiento como si de un comatoso enchufado a una máquina se tratase.

La Constitución del 78, fue creada como una base moldeable sobre la que asentar un Estado Democrático del que en aquella época no se tenía la seguridad de como sería su configuración futura. La aparición del Estado Federoregional en el que vivimos, y las limitaciones que ofrecen algunos de sus artículos, marcan la tendencia un texto hecho con prisas (a pesar del período relativamente largo que tardó en realizarse), y creado con la idea de que los españoles del futuro terminaran de determinar como sería la España en la que querían vivir.

Lo que no se esperaban los Padres de la Constitución fue la rápida evolución que viviría la sociedad, modernizándose a pasos agigantados; la creación de una casta política que utilizaría el texto fundamental para aislarse del resto de la sociedad; y la incapacidad de la Constitución para contener las apetencias competenciales de las Comunidades Históricas, que en un principio se esperaban satisfechas con el Estado Autonómico.

La inexistencia de cauces reales para la participación ciudadadana en un tiempo donde las distancias se acortan cada vez más a través de las telecomunicaciones, y los oídos sordos de los políticos que se niegan a ver la evidencia de que es necesario un Giro Copérnicano, ha llevado, junto a la Crisis en la que vivimos, a una situación cada vez más insostenible, que si no se remedia ya, acabará por explotar.

En definitiva, la actitud de los principales partidos políticos se asemeja a la del Búnker Franquista de los años 70, que, incapaz de responder a las peticiones de un pueblo, se afana en intentar postergar un sistema anticuado a través de numerosas reformas que no hacen más que maquillar el aspecto de un problema que, en el fondo, sigue siendo el mismo, y que esperan que se resuelva solo.

Su estrategia, en resumen, se podría sintetizar en una famosa frase de Il Gattopardo, de Giussepe di Lampedusa: "Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie". Mismo perro con distinto collar.

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